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El Negrero

Carmen Plaza

“Pedro nació con la Paz de Basilea”, así comienza este libro apasionante, retrato de una época y unos personajes que, en gran medida, dan cuenta de ese mundo oscuro que la Fundación Ceiba ha reivindicado como “la historia silenciada”: el mundo de la trata negrera.

Si tuviéramos que buscar un adjetivo para tratar de englobar la idea que esta biografía novelada deja en el alma del lector, tendríamos que elegir un color: el negro. El negro, que es el color de la noche, del misterio, de la parca, es también el color donde acaban (o donde comienzan) todos los colores. Así es esta historia, plena de una vida negra, una historia trepidante entre barcos y mares, en las que todos son piratas y todos, sin distinción de origen, raza o sexo, componen el cuadro de una humanidad maldita.

Cronológicamente, la acción se sitúa en el periodo que va desde 1811, fecha  en la que el parlamento inglés promulga la ley de Brougham según la cual el comercio de los barcos negreros sería perseguido, hasta 1834, año en que es abolida la esclavitud por los mismos ingleses.

La vida del héroe, Pedro Blanco, es el hilo conductor. Pedro nace en Málaga “repudiado y pobre”, hijo menor de una relación clandestina entre un marinero desaparecido, y una señorita perteneciente a una familia de burócratas ilustres. Desde pequeño, Pedro se revela un hombre diferente, poseedor de una desmesurada imaginación y de un carácter silencioso, parecido al de los gatos: “gatos de siete vidas, rabiosos, mansos y atigrados”. Un acto cometido desde la inocencia, “el pecado”, lo lleva a enrolarse como polizón en un barco con destino a Mallorca y, a partir de aquí, comienzan sus tribulaciones marineras y el encuentro adolescente con “el honor, el choque de las facas en las tascas”. El primer puerto donde Pedro tiene noticia del mundo de la trata es Tánger. Allí descubre una amalgama mundana que va desde los visibles mercaderes, encantadores de serpientes, mendigos, ladrones, rameras venidas de Londres, París y Barcelona, hasta los tratos contrabandistas entre jerifes y comerciantes marinos: “aquella era una gran lección para un romántico como Pedro”. Éste conoce a marineros de muchas geografías: españoles, portugueses, italianos, holandeses, ingleses, yanquis…; cada cual arrastra su vida miserable, sus traiciones, sus nostalgias, y todos se encuentran en el espacio a la deriva de los barcos, lugares de trabajo donde se arriesga la vida en lucha con los piratas y los vientos (“galeno, ventolina, bonancible, fresquito, fresco, frescachón, duro muy duro, temporalado, huracanado”). La ley del más fuerte es la única ley y el mar es una tierra de nadie, como una tierra de nadie son las selvas africanas donde se capturan los negros anónimos para el progreso de las colonias europeas. Entre los rumores que llevan acá y allá los marineros, se cuenta la odisea de n gran pirata llamado Napoleón. Así pasan los años de juventud de Pedro, con “una imaginación pirática que le arrastraba siempre fuera de sí”, y así llega hasta América, a Brasil, donde contempla, en el puerto de Recife, la venta de los negros: “Al llegar la hora sonaron los cuernos y los ciganos (gitanos portugueses que eran los revendedores) restallaron los látigos y de cada boca de barracón manó una corriente de negros rapados desnudos y untados de aceite. Al llegar un comprador, los ciganos sonaban el látigo y hacían trotar a los negros. Espiaban en sus ojos cuáles le llamaban la atención y los hacían parar frente al comprador. (…) Algunas negras iban preñadas y valían más” Una compradora “modesta se desprendió de su altivez y comenzó a examinarlo minuciosamente, tentando sus músculos, llevando a la lengua el dedo impregnado de su sudor -pues en el sabor del sudor se conocía la salud del negro- llegando a lo más secreto” Per la violencia, la historia de esta vrágine humana que serpentea mares y tierras comerciando cosas y hombres, no es solamente un poder de blancos sobre negros. El racismo, como decía hace poco en una entrevista el defensor del pueblo andaluz, no es una cuestión de color de piel, sino de pobres y ricos. Y así se expone también en este inmenso relato de la época de las colonias, donde aparecen pasajes que escapan del tópico: un negro tortura al protagonista. Aparece una asociación de pequeños armadores negreros que es propiedad de negros y mulatos brasileños y, en un irónico juego de lenguaje sobre la categoría de los colores, se manifiesta el desprecio de los negros africanos hacia los negros americanos, los veegee, a los que despectivamente llaman blancos. La paradoja de la división entre dominadores y dominados aparece en un mundo que la voz narrativa presenta objetivamente como un mundo en mezcolanza: “las bordas frutadas de marineros de todos los colores, desde el rubio invisible del norte al etíope, pasando por el verde de Egipto (…) Era la hibridez pura. Las palabras sueltas formaban una sinfonía del mundo”. Tras América, África es la tierra sin ley donde se sitúan las factorías negreras, adonde acuden los armadores para llenar sus lóbregas bodegas de mano de obra esclava. En las costas noroccidentales, se establecen estas fábricas, pequeños núcleos feudales con administración, barracones para el almacenamiento de los esclavos y el imprescindible harén como bandera de privilegio exclusivo de los señores, depravados personajes como el mulato brasileño Cha-Cha de quien se decía que “hacía el mal más que por interés por refinamiento” o el inglés adicto a la marihuana Ormond, que gobiernan como factores afirmando su poder por la medida de su barbarie.

El libro está escrito en un estilo donde se trenzan con justeza inédita, naturalismo y poesía. Entre sus múltiples mensajes que hablan de hombres y mujeres navegando en límites oscuros sin otro código moral que la supervivencia de la épica del mar, de la encrucijada alma-cuerpo, del paisaje de las tierras descritas, asomadas a los puertos, del mestizaje inevitable entre africanos y europeos; rebosa la riqueza verbal del texto donde conviven los términos marítimos, los africanismos, los barbarismos de lenguas europeas, todo para la creación de un conjunto narrativo que va abriendo paso a una de las fundamentales funciones de la literatura: el conocimiento a través de una estética de la abundancia.

Los negros son la fantasmagoría que mueve los hilos secretos de la historia. Los hombres de tres continentes se movilizan para la captura, el transporte, la venta y la explotación de la ingente población sin identidad de la selva africana. Al negro se le ve, hambriento y desesperado, entregarse a la venta; se le ve caminar y rebelarse “al son de un tambor lento que ya no se oía, pero que ellos llevaban en la sangre”; se le ve la piel rasgada por el látigo cautivo y se oye “el lamento de los cimarrones: Tá bueno, mi amo; tá bueno niño; tá bueno mi amo; tá bueno” -seguía como un rezongo de los latigazos, cada vez más débiles, hacia la noche”

Junto al placer estético e intelectual que supone la lectura de todo gran libro, este relato nos invita a reflexionar sobre la evolución histórica de los derechos humanos.  La ficción de El Negrero se presenta como documento histórico, no ofrece una voz parcial en la que se defiendan víctimas o verdugos, ello queda para la perspectiva de lector contemporáneo a la que va dirigido. Pedro Blanco y todos los negreros que aparecen en el libro son hombres y mujeres de su tiempo, un tiempo en el que aún quedaba mucho camino por recorrer para el cumplimiento del derecho a la libertad ensalzado en las grandes revoluciones de la edad moderna. Y aún hoy, ya metidos de lleno en el siglo XXI, queda mucho camino por andar en ese sentido. Los medios de comunicación nos informan en estos días de la compraventa de personas en países africanos. En Europa, el fenómeno de la inmigración de origen africano plantea nuevos retos a las sociedades más desarrolladas para seguir trabajando por la igualdad de esos derechos para todos los ciudadanos del mundo.

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