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Andalucía 1935 una mirada amable

Pablo Juliá Juliá

Pierre Verger es un documentalista viajero y muy curioso. No pretende ser otra cosa cuando mira a través del visor de su Rollei. No hay extravagancias en la composición, ni tomas que no pudieran ser tomadas con normalidad, sin aspavientos, ni encuadres forzados. Sus fotos quieren ser reflejos cercanos a la visión “objetiva”, pero no nos engañemos: Verger es un fotógrafo profundamente comprometido con su época y sus fotos están cargadas de intención.

Sin embargo, la forma de la toma es moderada, clásica, limpia, para no llamar la atención, para que asumamos que lo que vemos es lo que es. No quiere que veamos cómo está hecha la fotografía, sino qué nos cuenta. La huella que deja en nosotros una imagen, no debería estar “subjetivada” a priori por la mano del autor.

Produce curiosidad la manera de contar de Verger, mas teniendo en cuenta su coetaneidad con personajes como Cartier-Bresson quien marca toda una época con su “instante decisivo”. Es más, perteneció como colaborador a MAGNUM, agencia de prensa que revoluciona la fotografía. Pero él parece situarse un siglo antes y mirar como miraba Laurent, despacio, sin ninguna premura, esperando que los paisajes y sus gentes se pronuncien. No es un cazador de imágenes, no es un periodista que roba imágenes: es un turista viajero y bohemio que atraviesa con su bici y su Rollei medio mundo sin un propósito claro de lo que iba a fotografiar. Si algo le apasionaba lo fotografía sin artilugios, sin flash y de manera simple, como un aficionado culto.

Es después de su viaje a España, cuando toma en consideración su propia obra y hace posible que se publique, pero no fue éste un aspecto que le entusiasmara especialmente. De hecho su obra se ha revalorizado a posteriori a través de la fundación que lleva su nombre. Su relación con los personajes que fotografía es esencial para entender a Verger. Repasando las fotos de este Catálogo, podemos apreciar su inquietud por el retrato colectivo de un pueblo, en este caso, el andaluz, de igual manera que hizo luego en Argentina o en Brasil. Se tiene la sensación de estar viendo un documental de época y a la vez de una realidad que nos es muy cercana, casi íntima.

Cuando hace un retrato individual nos lo transmite como si fuera un retrato de un “tipo” genérico; los andaluces, las flamencas, los labriegos, las aceituneras, los panaderos, etc. Esta relación de lejanía-cercanía, se produce al implicarse en lo que ve. Los fotografiados se convierten en cómplices de su toma fotográfica y no “posan” sino que se dejan hacer, seguramente tras largos diálogos en los que él se interesaba por el modus vivendi de las personas que tenía frente a su cámara, a las que conquistaba mientras se preguntaba el porqué de lo que veía, esto le lleva a definir a los personajes como individuos-universales, representativos de su tipo.

En algunas series de sus fotos se observa cómo va delimitando entre varios personajes y al final se entrega a uno de manera absoluta y total. Verger encontró lo que de pronto quiso contar y su intuición no le falló porque la elección se muestra llena de vida. No le interesaba demasiado la escenografía de la urbe visitada, como mucho sus campos y costas. Lo que le inquieta de verdad para contárnoslo son los personajes que habitan en ella y el tiempo histórico que les ha tocado vivir.

Hay muchas referencias literarias en sus fotos: pintadas, carteles políticos, publicidad y alguna que otra socarronería humorística; en cambio los monumentos le dan un poco igual. Cuando sube a la Giralda mira hacia abajo porque le interesa la disposición de la gente en la plaza, el deambular de carros y personas pintadas por la fuerte luz sevillana que unifican las personas con sus sombras, pero no le importa el monumento en sí. Le atrae más la luz que moldea o la que rompe creando la sombra contrastada y dura, pero los medios tonos, los grises le aburren. No le interesa la escenografía fría de San Telmo o la de la plaza de la Corredera, a no ser que los personajes definan ese espacio, como los curitas en San Telmo o las vendedoras de la plaza cordobesa.

Verger rompe un poco con la modernidad de la época y no sigue los cánones de la composición. Los retratos de “tipos” al centro: con objetivo normal, nada de angulares, ni de teles y luz de día. Esto es lo que nos facilita ver su obra como un documento más que como una fotografía y nos llama poderosamente la atención ya que no hay muchos testimonios tan maravillosamente expuestos de una época como la suya, trabajos que nos permiten saber cómo éramos y cómo fue nuestro más reciente pasado. Es aquí donde sí rompe la concepción de lo que debe ser un documento. Por encima de todo le interesan las las personas y si nos fijamos bien no se nos da una imagen de un país que vivía duramente, sino con una cierta alegría de vivir. No hay sordidez. No hay una pobreza destacada. No hay una insistencia en las malas condiciones de vida de un pueblo atrasado. Sólo está la vida plena. Casi todos sonríen en complicidad con el fotógrafo trasmitiendo un cálido humanismo a raudales.

Por eso no cansa verlas muchas veces, recreándonos en nuestros paisanos de hace 70 años viendo lo que fuimos, sin dramatismos, pero contándolo todo, aunque de manera amable.

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