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Luis Palés Matos, los sueños y aspiraciones de un poeta

Trinidad Barrera, Universidad de Sevilla

La ceiba sobre el cauce se dobla bondadosa quebrando la afonía de la áfona llanura. Con su voz de matrona, la ceiba caprichosa tiene el ramaje loco de una rara locura.

El conocimiento de toda la obra del puertorriqueño Luis Palés Matos (1898-1959) no ha sido posible durante muchos años por diversas razones. En primer lugar sólo publicó en vida dos libros Azaleas (1915) y Tuntún de pasa y grifería (1937), el resto de su poesía ha permanecido dispersa en periódicos y revistas puertorriqueñas, con la excepción del volumen antológico que Federico de Onís preparó en vida del autor, Poesía (1915-1956),1957, que conoció diversas reediciones, 1964, 1968, 1971 (revisada) y 1974. Posteriormente, una de las más importantes estudiosas de su obra, Margot Arce, amplia la edición de Onís en dos ocasiones, en su Poesía completa y prosa selecta, que bajo el sello de la editorial Ayacucho  vio la luz en Caracas en 1978, recogiendo unos doscientos poemas, su novela inconclusa Litoral y algunos artículos;  y en los  dos volúmenes, Poesía y Prosa, de la Editorial de la Universidad de Puerto Rico, en 1984, que aumenta en unos cien poemas la anterior  de Caracas. Otra razón que contribuyó a la difícil circulación de su poesía fue, sin duda, el escrúpulo constante de Palés para editar. Revisaba de continuo sus manuscritos, los anunciaba, incluso con título, dispuestos a una publicación inmediata, pero en el último memento volvía a retomarlos para hacer algunas correcciones y abandonaba así la idea primitiva.

El entorno familiar debió posiblemente influir en su temprana vocación poética. Sus propios padres eran también poetas y en su casa de Guayama solían ser frecuentes las veladas literarias. Su padre, librepensador y liberal,  apasionado de la literatura y la historia, fue  autodidacta en muchas facetas, al igual que su joven hijo, lector voraz y desordenado, según nos cuenta uno de sus biógrafos y amigo, Tomás Blanco. Muy joven comienza Luis Palés a escribir versos  y, a los diecisiete años, se paga la edición de su primer libro de poemas, Azaleas, que le dejó bastante endeudado. Desde ese instante tuvo que cambiar el ocio complaciente en su aldea natal por el trabajo. La búsqueda desesperada de un medio de vida le llevó a Palés, durante toda su vida, a deambular por las más variopintas profesiones.

Azaleas, nombre de una bella y venenosa flor, es un conjunto de cuarenta y ocho poemas, la mayoría sonetos, algunos de los cuales se habían publicado en periódicos y revistas de Guayama, Fajardo y San Juan. Poca novedad ofrecen, excepto la de ser un fiel tributo a las tendencias modernistas, tardías en Puerto Rico, y muy especialmente a Rubén Darío, Leopoldo Lugones y Julio Herrera y Reissig. Sin entrar en préstamos y deudas con versos de los mencionados poetas, Palés se muestra ya en su primer libro como un poeta fuertemente intimista, cargado de tedio y hastío por  la vida que, en ocasiones, paga su deuda a los tópicos modernistas, con lagos azules, princesas, amadas del hachís, mujeres ideales, silencios de morfina, barcas y boteros en pos de un ideal, lunas, sinestesias, etc, para preguntarse como en “Neurosis”: Yo  no sé si soy sonámbulo o neurótico;/ siento algos en el alma, y no son míos…/ El ambiente me sofoca, como a exótico/ en un pueblo enteramente de judíos.

Aparecen en este libro los temas que posteriormente ahondará en su obra sucesiva, tales como el paisaje, en sus diversas manifestaciones, a veces libresco, otras, fruto de su tierra guayamesa (“La Guajana”, “La ceiba”); la amada, más literaria (“Página íntima”) que propia (“Guayamesa”); el paso del tiempo (“Reloj”), de las horas del día; la evasión oriental (“Dans la nuit”, “Nostalgia”, “El Dayat”) o el puro volar del alma (“Ensoñación”); el erotismo, teñido de pecado (“Fruta prohibida”, “Botón erótico”), connotaciones bíblicas (“La piedra”, “Sábado de gloria”, “El cantar de los Cantares”), e incluso el tema político se desliza sutilmente en “Compasión” y “Sacra ira”. Del conjunto del libro merecen ser citados de forma independiente los sonetos “Timocles” e “Ignorancia” porque ambos ejemplifican las tentativas de vuelo  que salvan  al poeta de su  atenazante duda, cuando son  precisamente la duda  y los sueños dos de sus grandes preocupaciones.

De 1915, según puño y letra de Palés, son sus doce sonetos que integran Programa Silvestre, donde recoge sus impresiones como auxiliar del maestro de una escuela rural del barrio de Carite en Guayama. Tres de estos sonetos, “Esta infancia”, “Carmelita” y “Los caminos de la sombra”, vienen acompañados de coplas jíbaras que imitan el lenguaje del campesino puertorriqueño y su peculiar pronunciación.  Otros cuatro, “A caballo”, “Matinal, “Esta infancia” y “Yerba fresca” aparecieron en la edición de Onís con el nombre de “Sonetos del campo”. El tema rural y campesino, cuyos tanteos se veían en Azaleas, recobra aquí un aliento más natural y sincero que habría que enlazar con el de  sus Coplas jíbaras (19181925)  para revelarnos, conjuntamente, la vocación criollista de nuestro poeta, tema éste, el del jíbaro campesino, que había contado con el poderoso verso de su amigo Luis Lloréns Torres. Fue Edgar Allan Poe uno de los poetas admirados por Palés y fruto de dicha devoción es su libro El palacio en sombras (191819). Según nos cuenta Margot Arce, bajo dicho título se reúne, en un ejemplar mecanografiado que nunca llegó a publicar, un conjunto de cuarenta y cuatro poemas, dedicados a su esposa Natividad Suliveres, muerta de tuberculosis en 1919. Los veintitrés poemas iniciales responden al título citado y los veintiuno restantes aparecían bajo el título “Otros poemas”, 1917.

Es evidente aquí un cambio significativo con sus libros anteriores, incluso en el abandono frecuente del molde del soneto tan habitual en el pasado. El intimismo que perfilaba atrás adquiere una visión más sincera, la sombra y el misterio van desdibujando un paisaje propio y soñado donde la amada se reviste de ideal. El pesimismo se acentúa en sus versos, al tiempo que el deseo de evasión, ya presente desde Azaleas, se hace más y más urgente. Merece destacar del conjunto la recreación que del poema de Poe, “Dreamland”, realiza en “La tierra de los sueños”, donde prueba una maestría indiscutible. El tema antillano y negrista se anticipa,  entre otros, en el poema “Olor de tabaco”. La fecha de 1929 llevaba otro manuscrito que Palés tenía preparado para su publicación y que, como en el caso anterior, no llegó a ver la luz. Su título, Canciones de la vida media, que  iba originariamente  acompañado de dos secciones más, Poemas negros y Otros poemas. El primer grupo, las Canciones, es un conjunto de once poemas, fechados en 1925, mientras que las otras dos partes llevan las fechas 1929 y 1920, respectivamente.  Las Canciones  marcan un giro sutil en su concepción poética. En líneas generales hacen honor, en algunos de sus poemas, a la tendencia postmodernista tan común en aquellos años, en otros, continua con algunas de las directrices del modernismo. El puertorriqueño, como el mexicano Ramón López Velarde, alza sus ojos hacia su aldea natal, en su caso Guayama, en donde vivió hasta 1917, y la memoria del pasado pueblerino aflora en tres excelentes poemas, “Topografía”, “Pueblo” y “Ay, se fue la aldeana”.

Como han apuntado la mayoría de sus críticos, Guayama está siempre presente en su poesía, “incluso en la negra”. Un espíritu de desolación y tristeza se desprende de su visión. En “Topografía”, la tierra es estéril, madrastra, seca, de sol caliente, brillo seco y áspero, tufo malsano, marcada por la asfixia, el miedo y la desolación para, a continuación, producirse la fusión con el poeta: “Esta es toda mi historia;/sal aridez, cansancio”. En “Pueblo”, poema de corte político, la letanía ¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo/donde mi  pobre gente se morirá de nada!, está marcando un ruego angustiado contra la rutina y el tedio de sus gentes que, día a día, acuden a la cita de un rito cíclico, tema ya tratado en “Voz de lo sedentario y lo monótono” (también en los primeros capítulos de su novela Litoral recrea con similares tonos dicho ambiente):

todo, todo el rebaño tedioso de estas vidas
en este pueblo viejo donde no ocurre nada,
todo esto se muere, se cae, se desmorona,
a fuerza de ser cómodo y de estar a sus anchas.

En ningún momento su plegaria significa rechazo a sus raíces, sino fruto más bien de ese dolor patrio tan habitual en Palés y en su generación.  Poco después, en “Preludio en Boricua”, poema bien distinto, otra poética indudable, encontraremos de nuevo la alusión a ese “aburrimiento”  y a su isla como “yermo”:

¿Y Puerto Rico? Mi isla ardiente
para ti todo ha terminado.
En el yermo de un continente,
Puerto Rico, lúgubremente,
bala como una cabro estofado.

En “Ay, se fue la aldeana”, Palés entona un salmo a lo sencillo, al candor de la vida pueblerina, reavivando el tradicional tópico de “menosprecio de corte y alabanza de aldea” que le lleva a decir:

¡Qué horaciana quietud, qué transparente
candor el de las cosas naturales,
recostadas en lánguidas abulias
sobre la inerme calma de las horas!

Pero el ideal palesiano no se encarna sólo en su evocación de la sencillez pueblerina, otros dos poemas, “Walhalla” y “Sinfonía nórdica”, paradigmas de la evasión modernista, de exotismo nórdico en la línea del boliviano Ricardo Jaimes Freyre, van a ser la quimérica Thule, soñada y deseada. La morada de Odín tiene un lugar preferente en la Castalia bárbara (1899) donde el poema del mismo título da pie a la contemplación del paraíso para los feroces nórdicos. Palés desliza a lo largo de dísticos alejandrinos el camino del poeta hacia su paraíso: ¿Qué buscas; qué persiguen tus cálidos antojos?/ ¿Qué quiméricas Thules vislumbraron tus ojos?/¿Qué palacio remoto quiere cuajar tu empeño/ en los vagos dominios de la bruma y el sueño? “Sinfonía nórdica” nos habla de lo mismo:

Y de pronto, en la landa silenciosa y dormida
(grandes bosques oscuros, quietas llanuras blancas)
rompe el huracanado tropel de las Walkirias
con rumbo a los remotos confines del Walhalla.

La búsqueda del ideal, la superior realidad del sueño,  halla eco en esos confines misteriosos, lejanos y extraños, tan querido a la topografía modernista y que Palés cultivaba desde sus inicios literarios. La deuda con el modernismo no termina aquí ya que otra de sus facetas, el oriente de los desiertos y cenobitas, tiene en “San Sabás”, el poema con el que se cierran las Canciones, un buen ejemplo. Ya Darío y Guillermo Valencia habían explorado la ruta. Concretamente Valencia, en su poema “Palemón el Estilita” (Ritos, 1899), nos parece un antecedente del tema en Palés, aunque con una gran diferencia: en el poeta colombiano, Palemón se rinde abiertamente ante la belleza tentadora de la linda pecadora “y en coloquio con la bella/cortesana,/ se marchó por el desierto/ despacito…” En Palés no hay la ironía de Valencia y aún el final está marcado

por la ambigüedad: San Sabás se encuentra con la pecadora, que resulta ser su hermana, le abre los brazos “y ella estrechóse sin llorar/ contra aquella cruz que se abría/ sobre la huraña inmensidad,/ y así murió crucificada/ en un calvario de bondad”. En ambos se dirime el conflicto entre la carne y la virtud, simbolizada en el ermitaño. La carne tentadora fue una de las obsesiones darianas, presente también en otros poemas modernistas y aún postmodernistas, como es el caso del citado López Velarde.  Las Canciones se abren con un poema que calificamos de “poética”, abierta declaración de principios para su libro, que no se cumple totalmente. El título es el mismo que recibe el poemario y en él pide a su alma que “se desnude de imágenes y pode extensamente sus viñas de hojarasca, que huya de las retóricas”. La indagación de sus rutas interiores halla reflejo sordo y dolorido en “El pozo”, “El dolor desconocido”, “Claro de luna”, “Barcarola” y “Humus”. Todos ellos van, en grado creciente, revelando una voz interior que, desde el fondo de ese “pozo” interior intenta salir a flote, con dolor no oculto, gritando de forma desesperada:

¡Oh esos limbos hundidos en tinieblas erradas;
esos desconocidos horizontes internos
que subterráneamente se alargan en nosotros
distantes de la zona de luz del pensamiento!

Abajo queda el mundo de la oscuridad, las cavernas llenas de tenebrosos aposentos, los monstruos del hastío (“Barcarola”), arriba, el ideal soñado. No en balde habla en “Walhalla” de vientos septentrionales. El punto culminante de la encrucijada en que se encuentra el poeta lo ofrece “Humus”:

¡Hasta dónde llegaste, ser mínimo que un día
creíste claro y límpido el venero!
Antes rico estanciero
en tus zonas azules de poesía,
y ahora, de tu propia tristeza pordiosero.

Los poemas de Canciones de la vida media constituyen la cabal expresión de una crisis personal y poética, más un deseo que un logro, en su afán de encontrar una voz personal y diferente a la de sus poemas anteriores. En un cruce de poéticas, Palés ofrece, en líneas generales, poemas de claro corte intimista, aunque el distanciamiento irónico que caracteriza el postmodernismo no se cumple sino en unos cuantos poemas. Palés está aún afectado por el subjetivismo y hace suyo el dariano Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo. No deja de ser curioso que la fecha de este poemario inédito, 1925, corresponde a la primera vanguardia en el resto del continente, mientras Palés, que ya ha escrito el poema “Abajo”, no se lanza de lleno a la vanguardia. La voz vanguardista palesiana corresponderá a su Tuntún. Por lo demás, el “aurea mediocritas” a la que alude el título del libro dista mucho de ser el estado ideal para el poeta, de todos modos, resultan especialmente reveladores el cuestionamiento de sus cauces poéticos  y el conflicto entre la realidad y el ideal, que le llevará, en el futuro, hacia un estilo mucho más personal e imperecedero del que caracterizaba sus comienzos poéticos.

Canciones de la vida media es un libro crucial en la evolución poética palesiana, su libro siguiente, Tuntún de pasa y grifería, nombre definitivo para un pionero “Jardín de Tembandumba”, será ya la voz firme de una madurez  que aún alcanzará perfiles más nítidos en los poemas a FilíMelé y  en otros de su recta final.

De 1917/1918  data “Danzarina africana”, en 1921 escribe la prosa “Pueblo de negros”, poco después convertida en el poema “Esta noche he pasado”. Aunque no fueron incluidos en la primera edición de Tuntún, comienza así el cultivo de la  llamada “poesía negra” en el puertorriqueño que, modas aparte, responde en buena medida a un contacto con la realidad racial de su país. En Litoral, cap. XVII (“EL Baquiné”), nos relata sus tempranas experiencias con este mundo del negro a través de una cocinera de la casa, Lupe, y llega a confesar: “Desde la infancia, dos cosas habíanme intrigado siempre con extraña sugestión de misterio y sigilo: los negros y los masones”. Es obvio que la celebridad de Palés vino dada de inmediato por la temprana resonancia del cultivo de sus poemas negros.  Federico de Onís y Tomás Blanco nos hablan del tema y apuntan los nombres de Robles Pazos (“La Gaceta Literaria” de Madrid publica el 15 de Septiembre de 1927 su artículo “Un poeta borinqueño”), Amado Alonso (“La Prensa” de Nueva York) o Valbuena Prat, (en “Hostos”, marzo de 1929, escribe un comentario que más tarde ampliaría a prólogo de la primera edición de Tuntún)  como pioneros de este eco favorable. Más tarde, Federico de Onís lo incluiría en la Antología de la poesía española e hispanoamericana (1934) y Emilio Ballagas  en su Antología de la poesía negra (1935). En  Puerto Rico, la crítica y comentario acerca de la poesía palesiana, en algún momento acalorada polémica, florece especialmente a partir de 1930, las opiniones de Tomás Blanco, Margot Arce, Jaime Benítez, R. Lavandero y Antonio J. Colorado así lo demuestran, mientras que en otros puntos del continente hay que sumar las reacciones de Fernando Ortiz, desde la Revista Bimestre cubana (1936) o la de Mariano Picón Salas, desde la Revista del Pacífico (1938). Citamos por este último: “Se ha sumergido Palés en el misterio y la magia de la raza negra, ha podido captar su ritmo y su alucinante sensualidad en un conjunto de maravillosas imágenes visuales y auditivas.

No se debe olvidar tampoco que gran parte de la difusión y popularidad de este libro se debió a los declamadores. “Danzarina africana” es efectivamente un poema de “carácter adjetivo”, pero en “Pueblo de negros” está, en palabras de Blanco, “el realismo plástico de la vida y tragedia del desheredado negro antillano… y la pompa colorista de los ritos ancestrales de la raza con rebrilleos de exotismo africano”. Ya están dadas las condiciones favorables para el desarrollo de Tuntún, los recursos acústicos, el humorismo amargo y el tono polémico e irónico vendrán luego como aditamentos.

Largo y tendido se ha hablado sobre  las raíces de su poesía negra. Lecturas que van desde Hugo a Darío, así como libros clásicos de  moda por aquellos años , En el país de los Bubis de José Mas, la Decadencia de Occidente de Spengler o el Decamerón Negro de Leo Frobenius, sin olvidar aquellos cultivadores del género  desde Vachel Lindsay a Cendrars,  Langston Hugues o  Nicolás Guillén. De cualquier forma, por encima de influjos o lecturas, unas más visibles que otras, la principal originalidad de Palés estriba, como dice Blanco, “en la valoración antillana del tema negro, en el uso que hace de los recursos acústicos del lenguaje y en las acertadas metáforas que crea”. Y esto es algo que más tarde la crítica ha confirmado y aquilatado. En 1937 se publica la primera edición de este libro, en la segunda edición, 1950, se añaden nuevos poemas (“Aires bucaneros” y “Menú”) y se retocan otros (“MulataAntilla” conoce una segunda versión más completa); Tuntún es, por tanto, un proceso  largo de maduración en el tiempo, aproximadamente entre 1929 y 1954, aunque es entre 1929 y 1937 cuando Palés escribió la mayor parte de sus poesías de tema negro. El libro lleva un pórtico, “Preludio en Boricua” y tres partes, significativamente llamadas, “Tronco”, “Rama’ y “Flor”, el origen ancestral, lo africano puro, manifestados a través de la danza, el ritmo y el temperamento de la raza; los resultados del trasplante del negro a las Antillas (“Rama”) y por último, la “Flor”, síntesis cultural para Aníbal González 34.

Ciertamente el ciclo negro de Palés dista mucho de la actitud escapista que se veía en sus anteriores poemas, ya que, incluso en sus evocaciones del pasado legendario del negro, se desvela una realidad oculta por las convenciones sociales. Es innegable el énfasis de Palés en la primitividad del negro (“Numen”, “Pueblo negro”, “Ñam, ñam”), así como la importancia del dinamismo ancestral de la raza, ya sea a través del baile, la danza, con su conjunción de funciones, (lo cósmico, lo ritual y lo sexual),  la importancia del ritmo interior de la palabra (“Kalahari”) que se advierte incluso en las estructuras repetitivas de sus poemas (“Danza negra”, “Candombé”, “Falsa canción de Baquiné”), o del colorido y dolor por las Antillas (“Preludio en Boricua”).  No obstante, Palés no reduce a esa visión exterior su óptica sobre el negro antillano, ya que en un poema anterior a 1925, “Esta noche he pasado”, se podía apreciar ya el dolor por una situación injusta. De lo serio (“Bombo”), a lo irónico,  a veces se ha pretendido valorar algunos de sus poemas (“Elegía del Duque de la Mermelada” y “Lagarto verde”), como productos de la ridiculización paródica, sin ver en ellos la denuncia por la alienación  del mulatonegro. “Candombe” y Ñáñigo al cielo” conjugan la recreación de un pasado ancestral y el oprobioso presente del negro antillano. En “Danza negra”, obra maestra del primer grupo para Margot Arce, están ya presentes muchos elementos de la poesía negra de Palés, la utilización sistemática del vocabulario afroantillano, las onomatopeyas, las jitanjáforas, y, prácticamente, toda la primera parte, “Tronco”, insiste  en esa visión. Palés nos da su lección de la vanguardia. En la segunda parte, encontramos poemas como “Majestad negra” que aúna la importancia de la danza con la dimensión antillana, algo que ya se aprecia abiertamente en “Canción festiva para ser llorada”, es decir, el deseo de una Antillas

mulatas que se extiende por su obra hasta llegar a la “Plena del Menéalo” (poema de 1953, posterior por tanto a la segunda edición del libro), acertado ejemplo de la asunción palesiana de la tierra y el destino caribeño.  El tema de la dependencia de sus Antillas adquiere visión dolorida en “Intermedios del hombre blanco”, así como el hallazgo del mestizaje lo refleja en “Ten con ten” (Y así estás, mi verde antilla,/ en un sí es que no es de raza,/ un ten con ten de abolengo/ que te hace tan antillana). La preocupación palesiana por el elemento negro unificador de las Antillas, le acerca al concepto de “negritud”. La cultura mulata es la esencia de las Antillas, ésta es la última lección de Palés que, en su poema “MulataAntilla” desarrolla ampliamente. Con “MulataAntilla se tiende un puente entre su poesía anterior y el ciclo a FiliMelé que viene detrás. Tuntún se convirtió así en un libro imprescindible para la cultura puertorriqueña, uno de sus centros discursivos y políticos.

34 A. González [1988], pp. 66 y ss.

DANZA NEGRA

Luis Pales Matos

Calabó y bambú
Bambú y calabó
El Gran Cocoroco dice: tu-cu-tú
La Gran Cocoroca dice: to-co-tó.
Es el sol de hierro que arde en
Tombuctú.

Es la danza negra de Fernando Póo.
El cerdo en el fango gruñe:
pru-pru.prú.
El sapo en la charca sueña:
cro-cro-cró.
Calabó y bambú.
Bambú y calabó.

Rompen los junjunes en furiosa ú.
Los congos trepidan con profundo ó.
Es la raza negra que ondulando va
en el ritmo gordo del marinyandá:
Llegan los botucos a la fiesta ya.
Danza que te danza la negra se da.

Calabó y bambú
Bambú y Calabó
El Cran Cocoroco dice: tu-cu-tú
La Gran Cocoroca dice: to-co-tó.

Pasan tierras rojas,islas de betún:
Haití, Martinica, Congo, Camerún;
Las papiamentosas antillas del ron
Y las patualesas islas del volcán
que en el gran son
del canto se dan.

Calabó y bambú
Bambú y Calabó
Es el sol de hierro que arde en
Tombuctú.

Es la danza negra de Fernando Póo.
El alma africana que vibrando está
Es el ritmo gordo del mariyandá.
Calabó y bambú.
Bambú y Calabó
El Gran Cocoroco dice: tu-cu-tú
La Gran Cocoroca dice: to-co-tó.

***

MAJESTAD NEGRA

Luis Pales Matos

Por la encendida calle antillana
va Tembandumba de la Quimbamba
-rumba, macumba, candombe, bámbula-
entre dos filas de negras caras.
Ante ella un congo -gongo y maraca-
rima una conga
bomba que bamba.

Culipandeando la Reina avanza,
y de sus inmensa grupas resbalan
meneos cachondos que el gongo cuaja
en ríos de azúcar y de melaza.
Prieto trapiche de sensual zafra,
el caderamen, masa con masa,
exprime ritmos, suda que sangra,
y la molienda culmina en danza.

Por la encendida calle antillana
va Tembandumba de la Quimbamba.
Flor de Tortola, rosa de Uganda,
por ti crepitan bombas y bámbulas
por ti en calendas desenfrenadas
quema la Antilla su sangre ñáñiga.
Haití te ofrece sus calabazas;
fogosos rones te da Jamaica;
Cuba te dice: ¡dale, mulata!
Y Puerto Rico: ¡melao melamba!

¡Sús, mis cocolos de negras caras!
Tronad, tambores; vibrad, maracas.
Por la encendida calle antillana
-rumba, macumba, condombe, bámbula-
va Tembandumba de la Quimbamba.

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