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Palabras de la Ceiba o el deseo que se pone en danza

Pepi Bauló – Barcelona, enero 2013

De recuperar el ritmo, de resistir la fuerza del tiempo, de intentar ser presente y futuro afirmados en las manifestaciones orales o escritas, y sobre todo musicales, de nuestro pasado, de nuestro origen… De buscar entre la tradición y la actualidad, entre los pueblos del vasto territorio de lo “afrohispanoamericano” y si me apuran, que me gustaría que me apurasen, de todo territorio donde suene la vida, que es en el mundo entero. De esas otras cosas se ocupó Palabras de la Ceiba hace ya varias décadas y de eso desea ocuparse de nuevo.

Zarabanda, ilustración original de Cristina Cortés.

En la empresa colectiva de recuperar aquellos años de gloriosos encuentros y proyectos ilusionantes, a pesar de las distancias, las circunstancias atenuantes y atosigantes, los avatares biográficos de iniciadores y continuadores…, a pesar y sin pesar, porque tampoco nos gusta el plañirnos ni el ponerle al pasado mantillitas de añoranza, hemos comprobado con alegría que en el proyecto Ceiba pervive una pulsión continuada, un tempo constante, una idea imperecedera muy reconocible en cada gesto: el deseo.

En la búsqueda de nuestro ritmo y nuestro tempo colectivo, el deseo nos manda siempre. Deseo que nace de la necesidad de reconocer a qué obedece el acto de compartir los sonidos: palabras o notas. El porqué cantamos, bailamos, escuchamos, batimos palmas, acompañamos el ritmo con suaves o enérgicos golpes de la planta del pie contra el suelo, chasquemos los dedos… el porqué queremos fundirnos en la música y en el momento de su interpretación. Interpretación en un sentido amplísimo de la palabra, claro está.

Palabras de la Ceiba nació de ese deseo y parece en que él persiste. Aunque el proyecto oficial se desdibujara en el tiempo, continuó enredado en el quehacer de un grupo de personas que no dejaron de trabajar en lo suyo, que a la postre, y de ahí la alegría, no dejó nunca de ser lo de todos.

La semilla del son se plantó. Creció un árbol. A su alrededor las gentes formaron un corro, un redondel, un círculo… no se dieron las manos, no hizo falta. Sabían que estaban unidos. El árbol no tiene raíces en una tierra concreta, no las necesita. Lo sostiene el aire. Uno canta, otros le siguen… el ritmo. En voz alta, en silencio, no importa tampoco. ¿Dónde es la fiesta? En todos los lugares de un mapa donde no hay líneas marcando fronteras porque todos los espacios son fronterizos, donde la gente cuando canta se cuenta, nos contamos. Coordenadas: al Sur del Sur, en las Tierras de Fuego, Tierras Ignotas donde, qué cosas, todos hemos estado o estaremos alguna vez, caminando hacia la frontera que es donde ocurren cosas que no ocurren en el centro, en las capitales. A veces las mejores tierras son las que, a priori no son de nadie, no tienen corazón y le prestamos el nuestro para hacerlas habitables. Un momento, dos, tres… lo que dure una canción.

Uno de los Ceibos fundadores, Jesús Cosano Prieto, apareció un día en la vida de la que esto escribe y en la de una buena amiga, Annabel H. Beltrán. Y en sus decires de acento andaluz y hasta en sus callares, vimos claro algo que conocíamos de oídas: quedaba mucha Ceiba, quedaban muchas ganas, quedaba mucho deseo de continuar el baile. Otro Ceibo pertinaz, por carácter y nacimiento, Caesar Augusta le pone marca a la tozudez de sus gentes, fue Santiago Auserón que seguía utilizando madera de Ceiba en el andamiaje de sus trabajos. El que no tirara de ese hilo y no lo enhebrase en la aguja digital es que necesitaba anteojos. Y el que no entrase en el baile es que había perdido el ritmo de manera grave, gravísima.

Santiago Auserón sigue dando la vez en este mercado popular que ya no sigue las reglas de la mercadotecnia y el negocio cultural al uso. Aquí se trata de un zoco público, una plaza del pueblo donde las transacciones son de otra categoría ética. Río negro, un trabajo musical con tiznes de Nueva Orleans, La Habana y el Al-Ándalus; un libro de reciente publicación, El ritmo perdido, donde se desmenuza con parsimonia y sabiduría el influjo de la negritud en la música popular española; un espectáculo de hondo calado artístico bautizado como Juan Perro y La Zarabanda, banda de lujo y bailarina de las de leyenda, que pone sobre las tablas lo que canta el disco y lo que cuenta el libro. Esas son sólo tres de las múltiples esquinas de este juego gozoso e inagotable en el que estas Palabras de la Ceiba, remozadas, desean integrarse.

Deseo. Regresamos a la palabra que abría este texto. Palabra sobre la que gira la danzarina embrujadora de un nuevo tema, novísimo y todavía en construcción, que el cantante puso en curso en un reciente y memorable concierto en el teatro Lope de Vega de Sevilla, la noche del 22 de enero, acompañado de los maestros Joan Vinyals, Raúl Rodríguez y Raimundo Amador.

Ay, el deseo. La palabreja tiene una miga gustosa. Derivada del “desidium” latino vulgar, vulgar, nos remite en primera instancia a libidos desatadas o prontas a desatarse para arrastrarnos luego a la pereza y sus ociosas “desidias”. Agotados de esperar el fin, pensamos en “sedere”, sentarnos y detener nuestros movimientos, el deseo cansa dulcemente, cigarrito del después, momento de peticiones y “desideratas”. Porque el deseo es al tiempo reclamo y reclamación. El deseo clama al cielo y es también anhelo, añoranza, un echar en falta… lo mismo te echo de menos, lo mismo que antes te echaba de más. La Zarabanda de esta coplilla parece conocer los misterios que encierra la Rosa de los Vientos, el poderoso influjo del vuelo de su falda. Su cuerpo deseado y deseante es el eje de la Rueda del Tiempo y lo mismo danza en una corrala del Siglo de Oro, que en los festejos medievales de una jaima árabe, que a la sombra de una ceiba africana, que sobre el mostrador de una taberna en un decimonónico puerto caribeño. Ella baila, el deseo se lo manda. Las Palabras de la Ceiba quieren acompañar su movimiento y desearían, sinceramente, que otros se unieran al compás (por cierto, cuando la escuchen fíjense en el compás).

Baila Zarabanda que el deseo te lo manda (2)

La Zarabanda en la calle giraba su falda
Y los tunantes venían tocando las palmas
Pura candela en el aire, son de madera africana
Cómo lucía el dinero por verle la cara.

Baila Zarabanda que el deseo te lo manda (2)

En la caleta de Cai enloquece La Habana
Y se prendía en el pelo la luna de Arabia
Cambiara yo la fortuna que hay en las minas de plata
Por el metal de sus ojos, matones del hampa.

Baila Zarabanda que el deseo te lo manda (4)

Si no me das el beber de tu boca chiquilla
Zarpo mañana en un barco me voy de Sevilla
Borracho por las tabernas, del puerto de Veracruz
Guardo en el alma esa copla que bailabas tú.

Baila Zarabanda que el deseo te lo manda… 

Pepi Bauló
Barcelona, enero 2013

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